
El té de hierbas que aquieta la casa
Una infusión es el modo más antiguo de pedirle calma al cuerpo
Genoveva De La Peña12 de marzo, 20251 min de lectura
Hay un instante, casi siempre al final del día, en que el agua empieza a temblar en la olla y la casa entera baja la voz. No es magia: es química y es costumbre, las dos cosas a la vez. Mi abuela decía que el té no cura, acompaña, y tardé años en entender que acompañar también es una forma de curar. En esa pausa breve entre el fuego y la taza cabe todo lo que no sabemos decir.



Tomar té de hierbas es ejercer una memoria que no nos pertenece del todo: alguien antes que nosotros aprendió, a fuerza de observar, que el toronjil afloja el nudo del pecho y que la tila desata el insomnio. Esa sabiduría no se escribió en libros sino en las manos, y viajó de cocina en cocina como viaja el rescoldo de un fuego a otro. Cuando hervimos hojas estamos repitiendo un gesto que tiene siglos, aunque creamos que solo queremos dormir mejor.
Lo medicinal de una infusión no está únicamente en sus aceites esenciales ni en sus flavonoides, aunque ahí estén. Está también en el rito: en detenerse, en esperar a que el agua se tiña, en sostener algo caliente con las dos manos. El cuerpo lee esa quietud y obedece. Por eso un té sirve incluso cuando la planta apenas hace nada; lo que de verdad bebemos es la promesa de que, por unos minutos, no hay prisa.


