
El molcajete
La piedra que muele sin traicionar el sabor
Genoveva De La Peña30 de mayo, 20261 min de lectura
Un molcajete bien hecho pesa lo que pesa una intención: nadie lo carga por error. Tallado en piedra volcánica, con su tejolote como compañero, es el mortero más antiguo que sigue trabajando en las cocinas de México. No corta como la licuadora ni licúa como ella: machaca, revienta, rasga las fibras y deja que cada ingrediente suelte lo suyo sin convertirse en una papilla uniforme. La diferencia no es nostalgia; es sabor.



La piedra porosa guarda memoria. Por eso un molcajete nuevo se cura —se muele en él arroz, sal, ajo— hasta que deja de soltar arenilla y empieza a devolver sabor; y por eso un molcajete viejo hace mejores salsas que uno recién comprado. La fricción de piedra contra piedra no genera el calor de una cuchilla que oxida y amarga: trabaja en frío, respeta los aceites, conserva el aroma intacto del chile asado y el ajo crudo.
Moler en molcajete es someterse a un ritmo. Hay que ir por partes, sentir cuándo el jitomate cede y cuándo el cilantro apenas debe rozarse para no volverse amargo. Es trabajo de muñeca y de paciencia, un diálogo entre la mano y la piedra. Quien aprende a hacerlo descubre que la textura —ese martajado irregular, con trozos que aún se reconocen— es justamente lo que la modernidad le quitó a la salsa cuando la volvió homogénea.


