
El tianguis de los martes
Una ciudad que se monta al amanecer y se desvanece antes de la noche
Genoveva De La Peña3 de junio, 20261 min de lectura
El tianguis no es un lugar: es un acuerdo. Cada martes, una calle común se convierte en mercado porque alguien lo decidió hace generaciones y nadie ha querido deshacer el pacto. Llegan con la madrugada las lonas, los huacales, las básculas de resorte, y para media tarde no quedará rastro de que aquí se vendió media milpa. Lo que se intercambia no es sólo mercancía: es la certeza de que la semana tiene un punto fijo donde la comunidad se mira a la cara.



En el tianguis el precio se negocia, pero también se negocia el tiempo: el último manojo se regala porque cargarlo de vuelta no tiene sentido, y ese pilón es una pequeña teología de la abundancia. Quien vende conoce a quien compra por su nombre, por su madre, por la salsa que prepara los domingos. Hay una economía que las estadísticas no capturan, hecha de fiado, de trueque encubierto, de hierbas que se dan de yapa porque curan.
Desarmar un tianguis es ver desaparecer una ciudad entera en dos horas. Las lonas se pliegan, las básculas vuelven a su caja, y la calle recupera su forma de calle. Pero el martes siguiente, sin que nadie convoque, todo vuelve a estar en su sitio, como si la geografía tuviera memoria semanal.


