
El fogón de leña que lleva cuarenta años encendido
Donde el fuego es un pariente más y la lumbre nunca duerme del todo
Genoveva De La Peña2 de junio, 20251 min de lectura
En la cocina de doña Remedios, en la sierra de Oaxaca, el fuego no se enciende cada mañana: se despierta. Bajo la ceniza de la noche duermen brasas que ella aviva soplando con un carrizo, y en ese gesto hay algo de plegaria. El fogón ha estado encendido, con interrupciones mínimas, desde que ella se casó. Calentó la leche de sus hijos y hervirá, dice, el atole de su velorio.



Hay una sabiduría térmica en doña Remedios que ningún termómetro reproduce. Sabe por el color de la llama cuándo el comal está listo para la tortilla, por el sonido de la leña cuándo el fuego pide más, por el humo cuándo el frijol está a punto. El fogón no es un electrodoméstico: es un órgano de la casa que respira y enferma y se recupera.
La modernidad le ofreció una estufa de gas y la rechazó, no por terca sino por sabia. "El gas calienta", me explicó, "pero no acompaña". El fogón de leña ahúma las paredes, perfuma la ropa, reúne a la familia alrededor de su calor en las noches frías. Apagarlo sería desmantelar el centro afectivo de la casa. Mientras ese fuego viva, la cocina tendrá corazón.


